jueves, 3 de noviembre de 2016

Entrevista sobre libros publicados



Esta entrevista fue realizada por el departamento de comunicación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. La comparto

domingo, 30 de octubre de 2016

A la muerte a la muerte a la muerte (43 años después)


A la muerte a la muerte a la muerte, de Fernando Nieto Cadena: el lenguaje cotidiano en la poesía como gestora de nuevas formas de pensar y repensar la ciudad.
En A la muerte a la muerte a la muerte de Fernando Nieto Cadena, la voz poética habitada de la ciudad real entra a la ficción con una suerte de inventario de quien recorre la urbe. La poesía se convierte en mediadora entre el sujeto real, en este caso el poeta y el sujeto que surge del poema, ese sujeto que se metamorfosea en tanto escribe y posibilita la creación de la ciudad utópica, la ciudad reinventada desde un escenario real en el que cohabitan sus habitantes con diferentes connotaciones culturales en relación con su entorno, siendo en el caso específico de la poesía de Nieto Cadena, el lenguaje que se suscita en los márgenes, un mecanismo para la interacción cotidiana, como un artilugio poético.
 Ese lenguaje cobra un lirismo cuando desde la obra como tal va condensando parajes, aficiones, lugares de concurrencia sin desprenderse de la forma cotidiana de hablar del hombre común que ha creado su lenguaje a fuerza de sobrevivir en la ciudad puerto. Palabras que se desprenden de una mixtura entre lo que se vive en la calle, lo que se siente en ella, lo que se desprende del sentir del obrero, de su jornada laboral,  lo pendenciero. Un vocabulario que emerge de la necesidad de establecer diálogo en la plaza pública, de darle sustancia al universo arquitectónico que va generándose en la ciudad en trance de modernización, que la supone como un laberinto a la que hay que otorgarle identidades diversas, para a partir de ellas construir un imaginario.
El sustento real en la poesía de Fernando Nieto Cadena es Guayaquil que discurre en una dicotomía entre lo nuevo y lo viejo, en contraste con el libro que la ciudad se presiente desde la posibilidad utópica de ser congelada en el tiempo. En el plano real la ciudad se extiende desde el centro hacia la ciudad nueva, entendida esta como los espacios urbanizados sobre los que se levantaba una nueva Guayaquil, incidiendo en el sentir colectivo, la ciudad se iba disgregando, extendiéndose hacia el sur y hacia el norte, quedándose el centro, casco comercial del puerto como un lugar donde el pasado sitiaba la escena cotidiana, en conjunto con la renovación y las transformaciones urbanas. Se elaboraba en la plaza pública, en las calles, en los rincones, un constante diálogo entre lo urbano y lo marginal. Escuchado el lenguaje de esquina, ingresa en la literatura de los setenta con fuerza, para dejar un testimonio de una época, en la que la literatura iba de la mano de la música afro caribeña, hacia la necesidad de encontrarle un sentido, el origen de la alegría y la saudade tropical de Guayaquil. 
El poeta observa desde su creación cómo la ciudad crece, se volatiliza, ingresa en un laberinto rítmico de nuevos sucesos políticos, de nuevas decisiones municipales, empieza a sentir el confort de lo nuevo, de lo grande, la metamorfosis de pueblo a ciudad o a pueblo grande, escribiendo: “Primero era una cuadra, después una manzana entera, un barrio integro, la ciudadela completa. La ciudad crecía”. [1]
Fernando Nieto nos plantea una ciudad con sus límites establecidos, una ciudad céntrica sin cercos de seguridad, en contra del amurallamiento, una ciudad con el río como posibilidad de escape, una ciudad valiente que no se deja vencer a los embates de la modernidad. Nieto piensa y repiensa su ciudad calurosa, laberíntica en pocas calles. La asume como un estado poético más que como una situación arquitectónica o política. En A la muerte a la muerte a la muerte Fernando Nieto Cadena instala a la voz poética al borde siempre, es una voz que se pierde entre los devaneos de la ciudad real, más no en  la arquitectura que la poesía misma edifica. Elabora  personajes extraídos del cuadro cotidiano, los enamora los desenamora, les da alma desde el papel y desde las circunstancias pesimistas del poeta.
Una ciudad se la piensa desde la posibilidad de coexistencia, con lo que esto lleva a significar, relación de amor y odio, de guerra y paz al mismo tiempo, de sosiego y furia. De ella se desprenderán los temas poéticos de Fernando Nieto Cadena, que en A la muerte a la muerte a la muerte desesperan por perennizarse en el tiempo del vértigo urbano en el que confluyen los lugares que entremezclan el amor con la inocencia, con lo lúdico que supone momento de entretenimiento o declaración de amor, así lo demuestran sus versos: “(qué le digo),/la llevo a un futbolín/y la beso despacio para bienmorir entre sus brazos”. [2]
La ciudad supone diversas posibilidades de encuentro y desencuentro, la ruta que el habitante emprende en sus espacios muchas veces están condicionadas por el azar. La poesía es una metáfora para acercarse a esa realidad y a un conjunto de sub realidades que aparecen debajo de la manta del poder. En la lírica aparece la ciudad que conspira contra el tiempo, que juega en el entramado de las calles que mutan hacia la concepción de laberinto con el lenguaje cotidiano como herramienta, entonces el urbanismo impone mecanismos de comunicación al habitante. Como lo señala Lauro Zavala:
“Las ciudades pueden ser laberínticas en el trazo de sus calles, en los encuentros con los vecinos, en la manera de propiciar en sus habitantes una determinada manera de emplear el tiempo. Cuando el trazo mismo es laberíntico nos encontramos ante un espacio similar al de las ciudades medievales, en las que el viandante se perdía para encontrarse fortuitamente con los otros, y así convivir alegremente sin perder el tiempo, pues no existía una noción de un horario preciso que es necesario respetar sin considerar lo importante que pueden llegar a ser los encuentros azarosos”. [3]
En la poética de Nieto Cadena existe un viajante lírico que hace un inventario del día a día, que sortea la posibilidad de encuentro con el amigo. Constantemente está cuestionándose  su circunstancia espacial, como si pudiera perderse o verse acorralado por los lugares que transita, en los que a menudo se auto flagela. La ciudad es donde se queda el tiempo que dura el poema. Escribe Nieto: “Mi preocupación es saber cuántas veredas tengo por delante/ Me interesa saber si encontraré una lancha para ir al otro lado/Si subiré al colectivo/O si pediré una cerveza mientras llega un amigo para ir al ensayo/Quiero saber cuántas cuadras entran en una frase/Cuántos números caben en los senos de una monja/Es inútil/Hallé al amigo pero no tuve tiempo para contar las sílabas del parque”.[4]
El imaginario urbano de los años setenta en la literatura guayaquileña recibió el influjo de otras tendencias estéticas, como la música, particularmente la salsa y el bolero, que iban a ser decisivos para comprender esa relación entre los personajes con el sentimiento que la música encierra. Las salsa como género híbrido llegado desde los Estados Unidos con sus respectivas transiciones, desde Centroamérica, en un principio, habría de entrar en la literatura como el ejemplo del hombre fragmentado con rasgos culturales que se unificaban desde un país con un conglomerado social diverso que a su vez iba creando nuevos códigos de lenguaje que suponían modismos y barbarismos.
El bolero por otra parte siendo una herencia caribeña, cubano por excelencia, iba a encontrar en ídolos populares criollos como Julio Jaramillo a un representante único del Guayaquil abigarrado. Ídolo que, levantado a la imagen de un dios popular por la fanaticada porteña, con una imagen inquebrantable por el amor y el cariño de un Guayaquil en crecimiento, va a ser, en muchos casos, no sólo en la poesía de Nieto sino de otro poetas de su generación, quien entra insospechadamente al texto, así como sus afición desmedida por la música y por el cine, tendencia a llenar de actividades que interpelan el irremediable paso del  tiempo. Nieto inserta desde su convicción de poeta e inventarista de sucesos de la ciudad, poesía de lo cotidiano estableciendo un nexo entre sus lecturas y sus aficiones, para desembocar en un lirismo urbano, haciendo de los elementos de la ciudad sus concurridos temas, como escribe:
Todos creerían que estoy loco/Que mañana (quizás)/Me pase la ventolera de aprender versos de Rilke o Milosz/Para recitar a través de los hilos telefónicos/Resulta que no soy científico/Que no puedo patentar el sueño que me vence./Resulta que resulto un pesimista amargo del futuro, un reincidente en vivir,/Un iluso para no agotar la poca paciencia que me queda ante la muerte./Se me ocurre que es mejor así,/Mientras tengo a mano los libros, canciones y discos que me agradan./Las cosas que a uno se le ocurren cuando subo al colectivo o bajo de una idea. [5]

Los horizontes que la ciudad presta al observador poeta le permiten elaborar un continente literario, de ahí que Nieto Cadena construya la ciudad utópica desde sus propios temores con el fin de asirse en ella como única posibilidad de sobrevivencia. Es la ciudad del destiempo, haciendo énfasis en los afectos que en ella son la vía a la posibilidad del ideal de felicidad. Citando a Italo Calvino: “Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras de deseos, de recuerdos”.  [6]
El recuerdo como la memoria compartida, elaborada en compañía de los marcos sociales va a ser un entramado del que se sirve la voz poética para crear su tiempo y espacio. Su tiempo real hacia el imaginario como esencia de la poesía en cuanto al sentimiento transformado y llevado al punto de congelamiento en el tiempo con palabras que se han convertido en referentes de época, acompañada de americanismos muy comunes en el habla popular del habitante del puerto. El lenguaje de la calle entra en el texto: “Esto no quiere decir que tenga miedo a reconocerme con la juventud/ (¿Cuál juventud cuál?) seguramente ellos piensan que Vietnam es un mal viaje/algo semejante a la muerte blanca/es un buen chiste  eso de Acuario las vibraciones las ondas/(chévere okey sale loco con tu tránsfuga melancolía)/ nos vamos a la mierda en todo caso.” [7]
Desde lo sociocultural el lenguaje adquiere matices que son la mixtura entre lo nuevo y lo viejo, entre modismos adoptados del extranjero para incidir en la inventiva popular del habla costeña. Los coloquialismos en Nieto Cadena van a trascender más allá de la palabra escrita, elabora un imaginario a partir del diálogo, de la conversación diaria. En el texto la voz poética en algunos momentos se refiere a un tú, que puede ser el mismo poeta, sin embargo, el diálogo es imprescindible, e interpelante, cito: “Buscas en las páginas amarillas tu signo astral/(el mío es un paraguas deshilachado)/Mientras la/cemento nacional contamina la otra mitad del medio ambiente/O en la recta final el mejor/caballo gana el gran clásico/Presidente de la república (tal para cual ¿no crées?/En fin/No pasas de querer de querer ser el niño jodido de nuestra literatura /¿o no?”[8]
        La jerga entra a la literatura para quedarse en el texto en la posibilidad de habitar el poema más allá de un planteamiento lingüístico, se convierte en un motivo de literaturizar, incluso de caricaturizar el habla, transgrediendo el lenguaje de canon, empleando palabras compuestas, dejando de lado los signos de puntuación. Mediante el lenguaje poético no sólo se piensa a la ciudad se la idealiza, se le da forma desde las convicciones propias de la significación del horizonte real.
         En el lenguaje cabe la longitud, la densidad urbana, la atmósfera con todo lo que coadyuve al constructo utópico. El lenguaje callejero es el lenguaje de la juventud, la juventud es transitoria y el lenguaje reinventado en lo cotidiano, el que, metamorfoseado por las influencias de afuera va a darle sentido a la costumbre de habitar y deshabitar una ciudad. Guayaquil supone en la poesía de A la muerte a la muerte a la muerte una ciudad de desembarco de ideas, de costumbres de tradiciones. Fernando Nieto Cadena hace un ejercicio de nostalgia, interpela al recuerdo compartido, a la desolación de verse desprovisto de los espacios que la ciudad iba perdiendo, lo que iba dando paso desde el contexto social y político a una  ciudad distorsionada por un auge de modernidad tardía. En palabras propias del escritor, refiriéndose a Guayaquil casi cuarenta años más tarde de haberse publicado el poemario que compone este corpus, dice:
“Guayaquil es una invención, una más, para alimentar y satisfacer nuestro imaginario colectivo y particular y no sentirnos huérfanos de historia. Lo que alguna vez vivimos y experimentamos como ciudad, en lo que a mí respecta, a fuerza de nostalgizarla se fue diluyendo entre saudades y recuerdos. De todas maneras, en algún momento la ciudad de México me asfixió precisamente por mi añoranza de muelles y puertos, por lo que a la primera oportunidad que se me presentó fui a dar a una isla, ciudad y puerto y después a esta ciudad Villahermosa, donde resido. La semejanza de esa isla y esta ciudad con Guayaquil tiene que ver con el mar, el calor y una cultura que no puede disimular su influencia caribe. Creo que esto hizo que poco a poco el recuerdo de Guayaquil se diluyera sobre todo al saber que ha cambiado, que ya no la reconoceré como me dicen que ha cambiado. Esto explica por qué el habla guayaquileña aparece en mis textos actuales más como referencia anecdótica que como vivencia”. [9]
             La poesía de Nieto desde el lenguaje es comparable y establece un paralelismo con el nadaísmo colombiano, en tanto subvertir el lenguaje, romper con las antiguas tradiciones literarias, con las ataduras impuestas por el canon representativo en normar la literatura e incluso de conformar en términos de nación en la tradición del siglo XIX a una ciudad letrada, educada. La literatura en los años setenta en Guayaquil se desliga, sobretodo, en la poesía de Nieto, de las improntas de la crítica, va a hacer del lenguaje urbano marginal la herramienta para circuncidar la ciudad, para reinventarla y se deje vivir.
Si en Colombia a finales del cincuenta Gonzalo Arango proclamaba en su manifiesto que: “La poesía es por primera vez en Colombia una rebelión contra las leyes y las formas tradicionales, contra los preceptos estéticos y escolásticos que se han venido disputando infructuosamente la verdad y la definición de la belleza.” En Ecuador, en Guayaquil específicamente se escribía atentando toda norma, creándose en la poesía una estética intimista pero con una elaborada inmersión real en el espacio público, la relación sujeto y espacio es evidente para definir los afectos que se presienten en la lírica de Nieto Cadena. Como se lee en uno de sus textos: “¡Qué desmadre cruzar la calle,/hacer señales de humo/ (Queda un saludo sin contestar por los presentes), Perderse en el bus, ir al estadio!”. [10]         
En la poesía urbana por excelencia de Nieto Cadena hay una connotación lírica del espacio, a su vez alimentado del lenguaje como vía para perennizar la experiencia del poeta caminante y cronista de la urbe. Por otra parte lo lúdico como un apego a la infancia va a reincidir en varios de sus poemas, los juegos infantiles regresan con una esperanza tardía, como una resignación al presente, porque el futuro estaba a la vuelta de la esquina. Escribe Nieto: “Todo terminó se acabaron los carros de bomberos los trenes de cuerda/Dijeron que habíamos crecido que ya no nos eran necesarios/Se puso fea la cosa con eso de la pubertad el desarrollo el cambio de voz/desde entonces/Nos vamos al carajo sin que nadie se arriesgue y nos detenga”.[11]
A la muerte a la muerte a la muerte, de Fernando Nieto Cadena extiende un puente entre lo real y lo imaginario en términos de ciudad vivida e inventada. Crea la trama de un lenguaje que varía de acuerdo al tono de los espacios, de las calles, de la luz tropical de la urbe setentera. La lectura desde el yo intimista, arraigado a la única posibilidad de subsistencia: su poesía. Repensar la ciudad, reinventarla desde la poesía es darle lugar al yo poético, a la voz necesaria para permanecer en el espacio suspendido donde encontrar la ciudad utópica, sobre la que se escribe y se da un testimonio en el poema: 
“Junto a la cópula más larga y repetida/  debe estar el amor o la poesía/  la poesía o ese recipiente de tiempo que es la vida./En alguna palabra no escrita ni siquiera pensada o dicha con recelo/ahí debe andar el   poema/En el cansancio después de fornicar/en la soledad después del orgasmo/en la satisfacción de hombre y mujer al contemplarse/por ahí debe andar suelta de remos la existencia/la felicidad no conyugal/la poesía/la poesía y el amor al acecho de la paz menos sufrible”. [12]
 La configuración de la soledad a partir de la evocación y de la ausencia, como momentos decisivos en el poemario A la muerte a la muerte a la muerte.
La soledad en a la muerte a la muerte a la muerte es fundamental para reconocer el intimismo del yo poético, esa voz que se disgrega a cada paso de la ruta lírica va definiendo. Su personalidad nómada en la ciudad de afectos, más que un estado anímico la soledad es supone un tiempo circular de iluminación, una búsqueda nostálgica en el tiempo. La relación sujeto - ciudad, habitante y espacio va a configurar un escenario en el poemario en el que se traza la línea laberíntica que además retrocede a la infancia como patria de salvación, pero a la vez como un rechazo al presente que se muestra insospechado. En ese presente Nieto Cadena reelabora la ciudad a partir del lenguaje coloquial, la piensa, le da ritmo al espacio de la soledad que siempre se refiere a una segunda persona que muta de nombres, es la amante, la amiga, el amigo. Alrededor de ellos hay un universo compartido, como patrimonio de la memoria. El acercamiento de la soledad real a la soledad metafórica es a la vez en Nieto Cadena una forma de suturar la ciudad que se ve lastimada por el progreso y el cambio. La atmósfera y la geografía como categorías vitales para sentir el “sentir” de quienes son literaturizados, así escribe Nieto:

Ginamaría:/¿qué hiciste del invierno si no recuerdas siquiera tus cuadernos,/La blusa nueva que estaba en la silla sin planchar?/¿Qué hiciste con la Juanita y la Chanita que no han ido a Popayán?/Te gusta, ese oficio, sí te gusta/ Quieres que hagamos todos la fiesta contigo en la mitad,/Arbolito de naranja, peinecito de marfil,/Para la niña más bonita del colegio…/Ginamaría has faltado ya mucho tiempo a clase/Y no hay soledad que valga para tu recuerdo,/Sólo tu nombre/ y algo así como nostalgia,/Como ronda infantil que no termina[13]

La memoria determina en el poemario la pluralidad de voces que toma el escritor desde el asiento real, entiéndase, ciudad puerto, y sobre esté la complejidad de afectos que serán la materia prima de la creación poética. La memoria compartida supone una necesidad de darle vida a los sucesos que, incluso se reinventan en el momento de ser escritos. Así aparecen como evocación que no da tregua al olvido, los juegos infantiles, la adolescencia transitoria. Nieto Cadena selecciona episodios del pasado los transfigura en metáfora y en materia lírica.
El pasado se interpreta de acuerdo a las necesidades de quien asiste a la lectura del poema, sin embargo, es imposible no recrear mentalmente los escenarios que son el resultado de la relación habitante y espacio, como una dupla para comprender no sólo la soledad, sino los motivos que dan paso a que esta sea convidada entre los congéneres de una ciudad contemporánea. El universo literario de Fernando Nieto denota con claridad tropical un microcosmos de sujetos, realidades y situaciones atravesadas por un tiempo determinado.
Muy cercanos estaban los eventos sociales y culturales que marcaron a una generación. Se recuerda, se le da forma a la evocación. En el momento de la  publicación de A la muerte a la muerte a la muerte, en 1973, casi tres lustros de la Revolución Cubana habían pasado, alrededor de cinco años del mítico y alegórico mayo francés. El Ecuador se convertía en un país petrolero y había sufrido un golpe militar.
Las “dictablandas” lo diferenciaban de otras experiencias latinoamericanas más severas. La literatura también despedía el sueño dorado de los años sesenta, paz y amor se convirtieron en realidad descarnante, la relación centro – periferia, dejaba muy claras las bases de quien era la potencia y de cómo se asistía al constante proceso de instauración de fuentes de “progreso” y “capital” en los países pequeños en vías de desarrollo que soportaban las ideas dominantes. En 1973 A la muerte a la muerte a la muerte, desde la trinchera del lenguaje callejero, Guayaquil aparece entre el desvarío y el ideal de felicidad del poeta, muchas veces atacado por esa perenne tristeza que, a pesar de adquirir matices rítmicos no pierde la esencia del ser melancólico que interpela, dialoga, se enamora y desenamora de la muerte, la mira de lado. Cito: “De tiempo en tiempo saludo con la muerte,/hago señas de vivir por no enterrarme, Para no ir a jugar con los fantasmas de mi infancia/La muerte dice que aún no me necesita,/Que otra vez será.[14]
La evocación es una constante en el poemario, la infancia como el verso de Rilke: “La única patria que tiene el hombre es su infancia” va a contenerse en sí misma a veces con la mácula distorsionada del presente. Escribe Nieto: “Alguien dijo que sí,/Que la infancia/ (El trole-trole bu viene saltando, el trole-trole bu viene y se va)/era lo mejor que puede ocurrirle a cualquiera./Era lo mejor, es decir,/Lo único ratificable de subsistencia./Será necesario aclarar que esta teoría es un tanto trasmochada?”[15]
El ejercicio de recordar crea una simbología particular desde la urbe literaturizada con un origen en el lenguaje, la transfiguración de lenguaje va a legitimar el momento poético y darle además una seña particular a la creación literaria de una época. El yo que es el protagonista de la obra poética de Fernando Nieto va a crear una verdad que se apoya en la conformación de un ser urbano, ritualizado en las prácticas cotidianas de vivir la ciudad. De ahí que sea la soledad en el texto una soledad concurrida por las prácticas sociales, como escribe: “Las soledad no tiene nombre/pero la puedes llevar en los bolsillos o la puedes tirar contra la gente”.[16]
La interiorización como una forma de guardar provisiones es también un ejercicio de memoria, de evocación constante, de necesidad de darle identidad al ser a partir de sucesos cotidianos, asociados a eventos particulares e íntimos, creando así en palabras de Nietzsche “memoria del ser”. Citando a Heidegger: “sólo nos queda rememorar la continua sucesión de acontecimientos a través de los cuales el ser se manifiesta, pero no se despliega, imposibilitándole así en estructuras absolutas, verdaderas”. [17]
El ser en la poesía de Nieto Cadena se manifiesta a través del continuo retorno, de añorar al niño que va suicidando el presente, en delegar un espacio a la adolescencia como el estado de felicidad absoluta, y al “ahora” como una necesidad de utopizarlo para que sea nicho o tejado donde se pueda guarecer, como lo describe en sus textos: “La niñez ha vencido los prejuicios y rompe filas/La juventud aclara la mente y hace el amor/Los mayores huyen de las tumbas para controlar el tiempo/Bienaventurados sean que el lobo los comerá/(juguemos en el bosque que el lobo no está o a las cintas de colores)”[18].
Si bien la utopía es el lugar que no existe, la quimera por excelencia, la infancia es algo no tan distante a esta concepción, salvo que la infancia es el no retorno, la lejana ensoñación que tiene un límite en el tiempo, como huella de su transitoriedad. Es recurrente el tema del pasado en Nieto Cadena que establece lazos de conexión con el presente al que arremete con melancolía como fuente de su lírica, que sobrevuela a de principio a fin en su obra. Cito:
Crecí en el delirio /En la contaminación del aire en el retumbar de los recreos /En el olor a gasolina y brea/Las tarifas cada vez más altas la pensión sin pagar el arriendo del mes/Todo esto era mi aventura/El libro sin forro que encontraba sitio ante mis ojos/La libreta de calificaciones entregada con temor/Esto era todo/Toda mi aventura vivida en los parques los carroslocos /El tablero de damas la escalera eléctrica/Seguramente el tiempo estuvo libre para huir conmigo/Para tirar piedras a los policías /Para escuchar los viajes las peleas de los marineros /Tengo la idea de haber quebrado sueños /Haber roto vidrios jugando fútbol/Los quinceaños de la amiga que me hizo jugar con ella en la azotea /Estaba bien todo es cierto /Bien me dijeron que los niños van a la escuela y no tienen novias /(juguemos al papá –y- mamá, no tengas miedo, no)/Ni dicen malas palabras /Cando hablan los mayores los menores callan /Ah mi pueblo/La verdad nunca tuve pueblo donde crecer mi infancia/Seguramente está en la ternura de labios y caderas besados[19]

La soledad desde el yo poético va a crear momentos decisivos para dilucidar el imaginario de la ciudad, cabe la transpolación de elementos urbanos como símbolos de la cromática poética y de la atmósfera, no obstante la simbología compuesta por elementos de lo cotidiano van a recaer constantemente en la aceptación, en el arraigo al puerto, a veces como algo inexistente. Cito: “ Llovía/nunca tuve pueblo/He crecido en el delirio en la falsa creencia de habitar una ciudad/Una ciudad que miro entre polvos y adioses/La muerte tiene senos que llueven sobre el tiempo”.[20]
Su poesía testimonial se desprende de la crónica intimista, del retrato urbano marginal de Guayaquil, la soledad aparece referenciada en lo cotidiano, en la urbe que le permite visualizar los cambios que van a reincidir en lo sonoro, en el ruido como telón de fondo de la ciudad puerto. La soledad va de la mano, en la poesía de A la muerte a la muerte a la muerte, de la relación entre sucesos y personajes, lugares de concurrencia que fueron símbolos urbanos de una época y que en la lectura adquieren una configuración de signos en el hecho literario.
 La soledad, el amor y la muerte tienen referentes reales que han de quedarse en la inmortalidad del poema y en la construcción utópica de habitar una ciudad detenida en el tiempo, inexistente en cuanto tangible y real. Entonces Nieto evoca a partir de lo que palpa sobre lo que ya no existe, lo que se añora como un tiempo ajeno al presente. El desencanto como linde de la memoria, escribe: “Están muy lejanos aquellos días cuando escribieron en las paredes/DECRETO EL ESTADO DE FELICIDAD PERMANENTE/con un adoquín en la mano/y la misma emoción la misma ternura para gritar/VIVA LA VIDA MIERDA.[21]
La soledad se presiente como el estado anímico del ser humano contemporáneo que en medio de sucesos y hechos socio culturales va a ir conformándola en tanto la dimensión de lo urbano. Las ciudades suponen una relación ente y espacio, es una edificación de signos que permanecen y desaparecen como las tradiciones, en tanto costumbres y prácticas sociales. Todo se convierte en una mixtura, la literatura y la actitud ante la vida, mirando como la urbe crece, se desprende de su epicentro para dar a luz micro ciudades en una misma. La ciudad es una y otra en el poema. Citando a Italo Calvino: “No se debe confundir la ciudad con las palabras que la describen”.[22]
 
 Del escenario real al imaginario en A la muerte a la muerte a la muerte: coexistencia de realidad y utopía dentro de una misma ciudad.
En 1973, año de la publicación de A la muerte a la muerte a la muerte de Fernando Nieto Cadena, El escenario político Ecuador era turbulento, entre un golpe de estado ocurrido un año antes y la explotación del petróleo en la Amazonía  que en términos del boom petrolero caracterizaría al gobierno de Guillermo Rodríguez Lara,  en el puerto se iban generando otras dinámicas de interacción entre el habitante de la ciudad y su entorno.  Guayaquil atravesaba un desproporcionado proceso de urbanización. La ciudad se extendía hacia el norte y hacia el sur, se iban formando nuevas ciudadelas y la invasión de tierras era irrefrenable. Muchas familias emigraron del centro de la ciudad hacia las ciudadelas del norte. El Guayaquil del centro se convertiría tanto en la vida real como en la literatura en palabras de Raúl Vallejo en un lugar tugurizado, sin embargo esos lugares de concurrencia entre bares, cantinas y cabarets iban a ser materia fundamental de la creación literaria de quienes habrían de sellar una época con importantes señas particulares de identidad, me refiero a quienes formaron parte del grupo taller Sicoseo y de su transitoriedad.
Guayaquil concebida como la casa grande, como el vientre materno, va a ser para la literatura de los años 70 determinante en cuanto todo lo que tienda a significar, tanto la experiencia como la cotidianidad vista desde la posibilidad de crear literatura, entonces el coloquialismo va a ingresar con fuerza, tomando como punto de partida el lenguaje callejero, muchas veces utilizado para interaccionar a través del comercio informal como medio de subsistencia de las clases populares del puerto.
Los conflictos políticos y socioculturales van a encontrar en la literatura una forma de repensar la ciudad, de resignificarla a partir de un hecho concreto para en términos de poesía mutarla de lo real a lo imaginario así  como en narrativa. Nieto Cadena, desde los ideales de la época, bajo la consigna de cambiar el mundo en términos de ideales de izquierda traslada de la plaza pública a la creación poética las preocupaciones de una época, los hechos, las protestas, el grito como punto de partida para comprender la historia de hechos relevantes. Empela el lenguaje, lo contrasta con lugares, con el sentir del clamor popular y obrero que desde su particular manera de ver las cosas adquieren un matiz de desencanto. Cito: “Mientras LA INTERNACIONAL produce tejidos de mala calidad/Hay quienes la cantan en grupos y olvidan/Las traiciones de Hungría Checoslovaquia Paris mayo-68/Acá/La internacional es cantada/como una vieja lección de intransigentes maquiobreros”.[23]
Es la ciudad, la plaza pública, el parque, los lugares de concurrencia donde compartir ideas y extender la amistad. Guayaquil con múltiples identidades, producto de la migración, del intercambio cultural va a crecer del centro a las periferias, entendidas estas como lugares de nuevos de urbanización. La relación puerto y habitante va a denotar la necesidad de encontrarle sentido al origen y a las diferencias de una cultura circunscrita en lo tropical.  Esa relación será la preocupación de los escritores en aquella época.
El hombre y mujer porteños enfrentando el día a día, luchando contra el clima, y condiciones contrarias al progreso, es decir la clase obrera en constante dinamismo de subsistencia en relación e intimidad con el espacio. Paralelamente al asiento real de sucesos y cambios trascendentales la voz poética va a desglosar de los lugares de confluencia historias y motivos de literatura. La ciudad viaja de la realidad al instante poético. Cito: “Bien vale la tarde un paseo a la ría,/meterse en el correo a esperar que llegue la mejor amiga./Digo mal, la mejor amiga que me queda vive muy lejos/(puede ser que no haya tal)/¿Da igual desear la mujer sea o no del prójimo? ¿De cuál? De cuál para no traicionar la amistad a causa del invierno”.[24]
Ciudad y literatura van de la mano, lo que se gesta en la esfera pública va a cobrar un giro hacia lo íntimo, un tránsito de la ciudad a la concepción de sentimientos particulares del autor. De la plaza pública, del parque al poema como un viaje obligatorio y sintomático de los escritores de los años setenta. Fernando Nieto Cadena va a liderar la escena poética de Guayaquil desde una necesidad de medir tiempo y espacio en la urbe.
Tiempo y espacio que necesariamente cambia y se volatiliza de acuerdo a contextos políticos y culturales. Nieto plantea el papel del poeta en su libro frente y dentro de un sistema mercantil como lo ha sido y lo es Guayaquil. Como ese yo poético hace trasbordos de calle en calle, de colectivo en colectivo, de un lado al otro del río y claro, es la forma en cómo puede cronometrar su sentir frente a los hechos que lo agobian. La ciudad en todas partes como una necesidad de aferrarse o como una condena, Citando a Italo Calvino: “La ciudad se te aparece como un todo en el que ningún deseo se pierde y del que tú formas parte, y como ella goza de todo lo que tú no gozas, no te queda sino habitar ese deseo y contentarte”.[25]
El microcosmos que Nieto aborda en su literatura es el que transita un espejo desencantado de la ciudad que crece. Es la utopía y la evasión al mismo tiempo. Todo parte de realidades específicas, de la alegría y la desolación que embargan a las ciudades segmentadas, empero, es necesario decir que Guayaquil es en A la muerte a la muerte a la muerte, la ciudad atemporal y húmeda. El yo poético medita y observa, plantea razones para irse en el poema al vacío de la escritura. Como lo expresan los siguientes versos: “Leer poemas casi no compromete, casi no significa nada, casi./Uno se pregunta. Me pregunto/-¿El puente aguantará tanta boleta por exceso de velocidad?”.[26]
La ciudad real en tanto condición geográfica va a condicionar la vida de sus habitantes, quienes la inventan con su particular forma de cambiar en tiempo y espacio. Guayaquil en la poesía de Fernando Nieto Cadena fue la ciudad suspendida en el tiempo, que con una forma particular de existencia en conjunto con sus habitantes entró a la literatura para recreación constante mediante la lectura. Un tiempo pasado que se reinventa sólo en la relación obra – lector.



[1] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973.
[2] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973.
[3] Zavala Lauro, El humor como estrategia de escritura ante el laberinto urbano, en Las ciudades latinoamericanas en el nuevo orden mundial, Patricio Navia y Marc Zimmerman, Buenos Aires, Siglo veintiuno editores, 2004.
[4] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973. P 41
[5] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973. P 12

[6] Calvino Italo, Las ciudades invisibles, Madrid, Siruela, 2002. P- 16
[7]Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973. P 12
[8] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973. P 68
[9] Mussó, Luis  Carlos “Mi poesía tiene una fuerte atmósfera narrativa” El Telégrafo, 24/02/2014 http://www.telegrafo.com.ec/cultura/carton-piedra/item/fernando-nieto-cadena-mi-poesia-tiene-una-fuerte-atmosfera-narrativa.html
[10] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973. P 24
[11] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973. P 24. P 40
[12] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973. P 24. P 70
[13] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973.  P 18
[14] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973.  P 25
[15] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973.  P 25
[16] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973.  P 29
[17] Texto tomado del libro Sociología de la memoria de Paolo Montesperelli, en el que hace un recorrido por las diferentes acepciones de la memoria desde la filosofía hasta la literatura.
[18] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973.  P 35
[19] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973.  P 36
[20] IBID
[21] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973.  P 73
[22] Calvino Italo, Las ciudades invisibles, Madrid, Siruela, 2010. P 75
[23] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973.  P 10
[24] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973.  P 15
[25] Calvino Italo, Las ciudades invisibles, Madrid, Siruela, 2002. P- 27
[26] Nieto Cadena, Fernando, A la muerte a la muerte a la muerte, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1973.  P 15